Esa pija sin dudas termino siendo el mejor regalo del día de la madre de todas y cada una nuestras vidas

por | 23 noviembre, 2018

Mi nombre es Patricia, y lo que ahora especificaré fue tal vez uno de mis grandes pecados. Si bien, no fui la única que pasó por exactamente los mismos nervios, ansiedades, culpas y cuestionamientos de la infidelidad. Era domingo y en casa de mi madre. Octubre relumbraba radiante, caluroso y dulce, con una sutil brisa por los corredores de la casa y el patio. Era el día de la madre. De ahí que no había muchos hombres convidados al almuerzo. Solo estaba mi padre, que fue el designado para asar el cordero, mi tío Enrique y don Cristóbal, un vecino viudo y muy apegado a la familia. El tío Enrique tenía inconvenientes mentales, y no se lo podía dejar solo. El resto de los convidados, mi tía Liliana, que es la solterona de la familia, mis 2 hermanas Luisina y Flavia con sus pequeños, mi prima Verónica, mi abuela Nuria, la señora Lita, que es la empleada de mi madre hace muchos años, y evidentemente mi madre. Ella siempre y en toda circunstancia fue una anfitriona ejemplar. No nos dejó ni tan siquiera decorar la mesa. Conforme íbamos llegando nos acomodábamos en el enorme patio florido y nos poníamos a dialogar, tomar alguna copa o bien fumar un cigarro mientras que se cocinaba el cordero, y los pequeños se corrían por doquier. Cuando doña Lita dejó la última bandeja de ensalada en la mesa, me eligió para solicitarme que me cruce a la verdulería del frente y le traiga más tomates. No le admití el dinero y fui sin más ni más. Al salir del sitio me choqué con un hombre que estaba por entrar. Todo por no pisar a un cánido que yacía muy cómodo en la vereda. Le solicité excusas, se excusó asimismo, y no pude eludir expresarle ni bien acabé de reconocerlo: ¡Tú eres Lucas, el maestro de informática de Santino, mi hijo más grande, no?! De hecho, el chaval se quedó helado, mas afirmó que sí. No solo no entró a la verdulería, sino me dio fuego a fin de que los dos compartamos el último cigarro que me quedaba. Por alguna razón nos pusimos a conversar, y nuestras miradas eran demasiado hirientes, evidentes, expresivas y cargadas de deseo. Le afirmé que mi marido lo pasaba con su madre, de la misma manera que todos y cada uno de los hombres de la familia, con la excepción de mi padre. Le conté que mi hermana menor se quedó encinta a días de cumplir los dieciocho, y que en casa la queremos matar. Le confié mis fuertes sospechas de que mi marido me caga con su secretaria. Todo en unos minutos que parecían detenidos en el tiempo. No comprendía por qué razón mi boca había ido tan lejos! Lucas solo me afirmó que su esposa estaba de vacaciones en Brasil, y que su madre murió hace unos años. En el instante de despedirnos sentí que un pedazo de cielo se derrumbaba adentro mío. Deseaba continuar oyendo sus palabras, viendo la cara de zorrillo que ponía al mirarme las tetas, o bien sencillamente observarlo fumar. Estaba exquisito ese pendejo, y arrastraba una sequía sexual esencial. Mi marido no se interesaba en mí, y eso se me había hecho rutina. De ahí que entendí por qué razón me mojaba tanto con solo escucharlo respirar. Justo cuando iba a cruzar la calle para regresar a la celebración, me afirmó entre dientes: ¡feliz día mamá, no sabés de qué forma me agradaría ser un bebé para comerte esas tetas! Eso encendió todas y cada una mis alarmas, liberó mis ratones y me impulsó a colgarme de sus hombros, comerle la boca con mi lengua adentro de la suya y tantearle el bulto como una cualquiera. Le afirmé que mi madre vive en esa casa de rejas negras mientras que se la señalaba, y que lo aguardaba a la siesta. Le di mi número de celular, y le solicité que me mande un sms, de esta manera lo hacía entrar por el portón del garaje. No sabía precisamente lo que hacía. Jamás en cuarenta años fui capaz de enfrentar a un hombre, y menos por calentura. Volví a casa, corté los tomates, asistí un tanto a poner ciertas copas y, pronto ya estábamos comiendo entre brindis, aplausos al asador, chillidos a los pequeños a fin de que no jueguen con el alimento y conversas sin ningún sentido, en su mayor parte chismes de nuestros maridos. Yo trataba de aliviar mis pulsaciones, teniendo presente que algo pasaría con aquel intruso en unas horas. Flavi

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