Padre y esposo, comete un horrible fallo y para poder subsistir en cárcel debe dar a su esposa

por | 23 noviembre, 2018

Los fallos en general se pagan mas en mi caso el costo fue demasiado elevado, muy elevado. Soy Jorge, un tipo común, como tantos, mas cometí un fallo y la vida no me lo disculpó. Estuve en cárcel más de tres años por un delito menor que no viene al tema explicarlo, tenía treinta y cinco años, cuando sucedió el capítulo más negro de mi vida. Siempre y en toda circunstancia fui y soy un género de los llamados cobardes, muy cobarde, imagínense en la prisión lo que podía llegar a hacer, lo que sea, puesto que aún no comprendo como mi corazón soportó. Estoy casado con Cecilia, que al instante de la historia que les estoy relatando tenía treinta y dos años, con ella tenemos un hijo, Patricio, de diez años en ese entonces. Cecilia es la mujer que muchos hombres sueñan tener a su lado, buena, cándida, leal, compañera ciento por ciento, muda, sumisa y sobre todo genial madre. Ella físicamente es bella (y considerablemente más en ese tiempo), su altura uno con setenta y tres mts, tiene el pelo negro, largo con suaves ondas, sus ojos son celestes, la nariz pequeña y sus pechos grandes, exuberantes y muy firmes; Su fina cintura se continua con una cola muy pronunciada, parada y bien dura, preciosas piernas, para resumir, es una mujer sorprendente. Vivíamos en una casa humilde a las afueras de una mediana urbe, la casa tenía dos dormitorios, un comedor bastante grande anexionado a una cocina mediana donde comíamos, un baño mediano con bañera, adelante un pequeño jardín y atrás un patio respetable; Todo en una planta, salvo una pequeña habitación que edifiqué arriba con un baño, que la empleaba para las visitas. Mi año en la prisión fue de terror. Al comienzo creí que duraría poquísimo, quizá me asistió, por decirlo así, mi cobardía, por el hecho de que creo que a pero de uno le daba lástima herirme, mas me conminaban, insultaban, empujaban, de todo. La mayor y temida pandilla ahí adentro eran “los leopardos” y su jefe, el tipo pero temido del penal era “Serpiente” (por el hecho de que lo que tocaba, mataba), hasta los guardas le temían y le concedían todo cuanto solicitaba. “Serpiente”, era algo monstruoso en todo aspecto, tenía unos cincuenta años, medía como 2 metros de altura, su cuerpo era enorme, gordito y estaba lleno de vello menos en la cabeza en tanto que era pelado, los brazos y manos estaban cubiertas de tatuajes de calaveras, puñales, revólveres, serpientes, y otras cosas horripilantes. Era una persona muy sucia, su fragancia vomitivo llegaba lejos. Prácticamente siempre y en todo momento sentado en el patio o bien en su celda individual con un séquito de presos que lo atendían, le cebaban mate, le lograban cigarros, alcohol, etcétera, lo que afirmaba se hacía y sino más bien las consecuencias eran muy dolorosas o bien más que eso. Una bazofia de humano, déspota, puteador, pendenciero y peligrosísimo. Comía la mayor parte de las veces con las manos y si se quedaba con apetito, bastaba que mirase a uno a fin de que fuesen sumisos a entregarles el alimento de su plato. Yo a la noche lloraba en una esquina de mi celda, extrañando todo cuanto perdí y con temor a lo que me pudiese a acontecer. Todo empezó una tarde en que no salí al patio, las celdas estaban abiertas y estaba sentado en mi cama tomándome la cabeza, como aguardando que algo me pasase y terminara ese calvario. Pensé que todos habían salido al patio, mas no era de esta manera, de súbito sentí un grito y alguien que lloraba, me animé a salir al corredor y paseé hasta llegar a la celda de donde creí sentir el alboroto, llegué a la celda de “Serpiente”. Se cogía a un rubiecito que hacía poquísimo había llegado al penal, el pibe estaba de costado con los pantalones bajos, con su cuerpo apretado mirando la pared y atrás Víbora, combatiendo por meterle la pija. En la situación que estaban solo veía bien la espalda y el trasero de la bestia. El pibe estaba semi tapado por el cuerpo de la mole. Otra vez el muchachito chilló y llorando a mares le solicitó por favor que basta, que no le entraba. Víbora, resignado a que su pija no pudiese entrar en ese estrecho ano, le dio una horrible trompada en la nuca y enfurecido se dio vuelta colocándose de es

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